La primera vez que oí sobre Enric Miralles fue por parte de uno de mis maestros de dibujo favoritos en la universidad. En ese momento estábamos trabajando en cortes arquitectónicos y nos había pedido que lleváramos un pimiento morrón a clase. Nos hizo cortarlo cada centímetro. Nos pidió que dibujáramos cada una de las secciones del pimiento de la manera mas precisa posible. No teníamos noción ni de por dónde empezar. Mi maestro, como de costumbre, se sentó en su silla, con lápiz en mano, a observarnos. No creo que estuviera ansioso por ver los resultados. Más bien, parecía estar mas interesado en cómo atacaríamos el problema. Se había sentado para vernos reaccionar. Lo que más debió de notar fue el pánico en la mayoría de nosotros. Estas no eran curvas que uno podía sacar de un compas. Aun así, yo saque mi compas y dibuje un circulo sobre un pedazo de cartón. Después, con una regla ajustable, dibuje una línea desde el centro del circulo hacia su perímetro cada cinco grados. Esta sería mi herramienta. Encima del cartón, coloque con un alfiler uno de los pedazos de pimiento. Con un alfiler, atravesé el punto que yo consideraba su centro y lo coloque encima del centro de mi circulo. La intención era ir dibujando a cada cinco grados la distancia precisa que existía entre el centro del pimiento y su borde. Mi profesor me sonrió. Ahora tenía 72 puntos de referencia. Parecía como un buen inicio. Pero aun así, no sabia cómo seguir adelante; no me imaginaba como sacar la curvatura exacta entre punto y punto de referencia. Podría quizá hacer el mismo ejercicio pero en los otros 288 grados del circulo. Pero tan sólo pensar en cuanto tiempo me tomaría eso agoto el tiempo de clase. Con otra sonrisa, nuestro profesor nos aclaro que el dibujo se entregaría a principios de la clase siguiente. Casi como por accidente, mencionó, como alguien que susurra un consejo de supervivencia a una persona querida, que revisáramos los dibujos de Enric Miralles, particularmente uno que planteaba la problemática de dibujar un croissant.
La tarea me sonaba absurda ¿A qué arquitecto se le ocurre que hay una lección indispensable para la arquitectura en el dibujar un croissant? En parte por curiosidad y en parte por emergencia, fui a buscar el dibujo recomendado. Dicho y hecho, Miralles se había puesto la tarea de dibujar un croissant con absoluta precisión. El croissant que había escogido era un croissant bastante cucho. Ni siquiera contaba con una hermosa simetría. Uno de sus cuernos era mucho más corto que el otro. Y aun así, al lado de la fotografía del pan, estaba una silueta idéntica en tinta. Otro dibujo, mostraba la geometría más básica, a partir de una triangulación que ocupaba el cuerpo general del pan. De ahí, varias líneas perpendiculares a una de las líneas de cada triangulo se trazaba hasta tocar los bordes de la silueta del pan. Cada línea se acompañaba por lo que ahora reconozco la tipografía clásica de Miralles. Y con cada letra, se generaba un corte de la zona indicada del croissant. Todo el ejercicio parecía una locura. Una vez más me pregunte: ¿A qué tipo de arquitecto le interesa dibujar un croissant con toda precisión?
La pregunta la fui a buscar en una monografía del arquitecto. Encontré un croquis, que en si se volvió mi primer encuentro, también, con lo que se volvería una de mis publicaciones arquitectónicas favoritas. En fin, comencé hojeando la revista. En ella, otros dibujos de Miralles captaron mi interés. Cada uno de ellos, parecía tan complejo como el dibujo del croissant. Pero, para mi sorpresa, estos dibujos no eran de panes irregularmente horneados. Ahora se trataba de dibujos arquitectónicos, por lo que quiero decir que en si eran dibujos de edificios, de arquitectura, la arquitectura particular de Miralles. Y sus geometrías no parecían diferir mucho de las del croissant. Cada trazo surgía de curvaturas complejas. Todos ellos me parecían tan complejos como los jeroglíficos. No entendía ni qué querían decir ni de dónde habían surgido. Los dibujos de Miralles me parecían un idioma más que extranjero, me parecían un idioma extraño. A mi parecer, los dibujos contenían demasiada información. Reconocía algunas líneas con textura como muros. Suponía que algunos trazos punteados eran proyecciones de techumbres. Pero aun así se me hacia raro que los muros y las techumbre no respetaran una sola trayectoria. Cada uno parecía haber sido dibujado bajo su propia lógica, bajo su propia geometría. Y aun así se percibía un sentido rotundo de composición. Ningún trazo parecía resultar de un sentido del azar. La metáfora más cercana que me venia a la mente era como una danza contemporánea donde varios bailarines bailan en un mismo escenario, cada uno con su propio ritmo. Y sin embargo, conscientes del ritmo y de los movimientos de los otros. En ocasiones parecían tocarse solo para volver en instantes a tomar su propio camino. Así mismo, lo que parecía el eje estructural de columnas se curveaba de manera que en una zona se acercaba y hasta tocaba en puntos la proyección de techumbres. De igual manera, curvaturas de muros se interrumpían y se desfasaban para generar accesos.
Acudí a revisar las fotografías arquitectónicas para intentar entender mejor los dibujos. Las fotografías, fragmentadas en si, eran tan complejas como los dibujos. Conformadas por múltiples fotografías conectadas en puntos específicos, la fotografía final era en si un ensamblaje complejo. Superficies parecían resultar inclinadas, fragmentadas. Pero entre más las estudiaba, más iba comprendiendo que la complejidad no residía solo del ensamblaje, que ahora reconozco como fotografías articuladas a partir del trabajo de David Hockney, sino que en si, la arquitectura de Miralles era una arquitectura articulada. Se conformaba de múltiples partes, cada una con su propia lógica. Columnas nunca seguían la proyección del borde del piso, y mucho menos el de la proyección de la techumbre. El resultado eran edificios que no parecían tener un limite claro. Sus estructuras parecían querer extenderse.
Tres años después, en un viaje a Europa en compañía de otros alumnos de arquitectura, fuimos en búsqueda del Cementerio Igualada, uno de los proyectos de Enric Miralles que mas me llamaba la atención. No teníamos una dirección exacta pero sí una ubicación general. Sabíamos que el cementerio se ubicaba en la parte alta de una colina. Comenzamos a subir lentamente. Preguntábamos de vez en cuando sí íbamos en dirección correcta. La gente local nos confirmaba extendiendo el brazo hacía arriba. Así que seguimos subiendo. Casi media hora después, aunque se sentía como dos horas después, estábamos agotados y frustrados. Parecía que estábamos a punto de llegar a la cima y aun así no lográbamos ni ver la mínima insinuación del cementerio. Comenzamos a discutir si no existía la posibilidad de que estuviéramos en la colina equivocada. Comenzamos a discutir si no deberíamos de dar la vuelta y tirar la toalla. Y justo antes de tomar una decisión, comenzamos a bajar ligeramente. No habíamos dado vuelta en la misma dirección que subimos. La bajada parecía un accidente topográfico. De pronto uno de nosotros notó el muro bajo de concreto que nos había ido acompañando por una docena de metros y que parecía tomar más altura. Vimos unos tramos de metal que reconocimos como el portón simbólico al cementerio. ¡Saltamos de emoción! Inicialmente, por sentir que habíamos logrado nuestra meta. Pero también porque, de manera sorpresiva, nos encontrábamos sumergidos ya en el cementerio sin ni siquiera habernos dado cuenta de cuándo habíamos entrado a él. Ahí residía su fuerza. El proyecto no era un edificio sobre la colina, sino una topografía re-configurada. Los muros de concreto que contienen los nichos para las cenizas eran muros de contención, contenían a la misma colina. Continuamos nuestro descenso, cada vez con la sensación de estar insertados en medio del paisaje, en medio de la colina misma. Nuestro horizonte lo generaba el edificio mismo, pero era todo menos edificio. Eran muros inclinados, llenos de textura. Se sentían muros que pertenecían al paisaje, que configuraban al paisaje mismo.
De la misma manera que los dibujos de Miralles parecían difuminar un claro limite, los edificios de Miralles se extienden. Re-conforman el paisaje al re-dibujar contornos. En ocasiones es una textura en el piso que parece escaparse de su contenedor; en ocasiones son techumbres que se estiran y tuercen el horizonte; en ocasiones es tan sólo un barandal que re-dibuja el perfil entre tierra y cielo.
De Enric Miralles he aprendido que dibujar es ya construir. He aprendido que dibujar es reconfigurar los bordes de lo dibujado. He aprendido que el espacio no se delimita, sino se estira. He aprendido que los muros no tienen que ser el borde de un edificio. De Enric Miralles he recordado que la curva puede ser sensual, que el paisaje contiene condiciones espaciales que un edificio envidiaría. De Enric Miralles he aprendido que proyectar, en ocasiones, tan sólo requiere re-dibujar líneas topográficas.